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jueves, 21 de enero de 2010

Homenaje a Antonio Blay

                                    
Desgraciadamente no lo conocí  pero sus palabras suenan  a verdad. Personalmente me llega mucho y hace resonar algunas cuerdas muy íntimas y sutiles. Me gusta muy especialmente de él su amor a la experiencia directa, a hablar sólo de lo que conoce y a no aventurar hipótesis.
Aquí os presento un fragmento sobre la oración:

La oración es una verdadera técnica transformante,
- cuando se aprende a hacer de una manera total, sincera, incondicional, espontánea, sin un reglamento estricto;
- cuando la oración es una apertura, aquí y ahora, de todo yo a esa realidad que intuyo alrededor y dentro de mí, que es Dios;
- cuando yo me abro, y me abro sin cálculos, sin censuras, cuando exploto expresándome todo yo hacia Dios.

La oración, por lo tanto, es lo más alejado de la recitación de unas frases, de unas fórmulas. Las frases y las fórmulas pueden ser excelentes, pero aquí me estoy refiriendo a lo que es la oración como técnica fundamental. Es esa oración a la que uno va sin ningún tipo de preparación, sin ninguna idea previa, sino simplemente valorando el hecho de situarse ante esa realidad que es Dios, y aprendo a comunicarme, a abrirme, aprendo constantemente a ser más sincero, más espontáneo, más total, y a decir todo lo que a mí me preocupa, todo lo que en mí está viviendo, sea lo que sea, sin obligarme a utilizar una actitud formalista o de persona que quiere ser muy buena. Dios lo que quiere es mi verdad, lo que yo soy de veras, por lo tanto yo he de expresarme ante El tal como soy, ni más ni menos, y si mi preocupación actual es un problema familiar o un problema económico, en mi oración ha de expresarse el problema familiar o el económico, porque ésta es mi verdad y no otra.

La oración exige una sinceridad total e incondicional y requiere el esfuerzo de descubrir en cada momento lo que es realmente vivo, lo que es real en mí. Nos hemos acostumbrado a adoptar una actitud predeterminada ante Dios, una actitud de persona humilde que está pidiendo algo, una actitud de «pobre»; hemos de descartar esta mentalidad, pues ante Dios no hemos de representar ningún papel. Quizá en la vida he aprendido a hacer muchos papeles: en mi casa hago un papel, en el trabajo hago otro, con mis amigos otro. Pero ante Dios eso no sirve. ¿Cómo soy yo cuando me quedo sin papeles, cuando me quedo sin personajes que representar? ¿cómo soy yo, desnudo, auténticamente desnudo por dentro? ¿yo en mí mismo? Y tratar de expresar eso que yo siento cuando trato de ser yo mismo, yo mismo ante la vida, yo mismo ante mis problemas, ante mis miedos, ante mis ambiciones, mis deseos, ante lo más elevado, ante lo más bajo, y expresar esto. Entonces esta oración es transformante. Cuando todo yo me vuelco hacia Dios, cuando todo yo vacío todo mi interior y lo comunico intencionalmente, deliberadamente, a Dios, cuando yo me vacío de todos estos contenidos, expresándolos, cuando yo me vacío de mi yo personal, entonces es cuando queda sitio para que Dios me llene de Él, entonces es cuando puedo sentir una vida nueva que me penetra, que me transforma y me dirige. Ésta es la auténtica oración, y toda oración que no se haga así no es verdaderamente oración.

2 comentarios:

Soledad dijo...

¿Dónde estaba yo, que no le había prestado atención a este fragmento?
Doy gracias a Dios por haberlo visto y disfrutado ahora. Mil gracias, Xavi.

Xavi B dijo...

Feliz de compartir ideas y perspectivas que me ayudan y que por tanto creo que pueden ayudar a otros.
Gracias a ti.